En cualquier curva del camino surge, inesperadamente, la sorpresa o el peligro. Ante este paisaje lleno de color uno no se siente indiferente. A sus pies se puede dejar doblado un recorte, como en el Muro sagrado de Jerusalén: «ninguna gran empresa se llevó a cabo sin entusiasmo», de los Ensayos de Emerson.
Sí, es verdad, me he tropezado en el camino de la vida con este hombre inquieto, ilusionado y cargado de papeles, archivos y fechas. Sabe pisar y sacar a luz datos y personajes que aún seguirían sesteando en el paraje del olvido.
¿Quién no se ha preguntado más de una vez, al terminar el sencillo relato, la historieta, el cuentecillo, pero ¿quién es el padre del buen Crispín?
Entraba un día en la sacristía mayor del Pilar. Estaba sólo el sacristán, bien amable, por cierto. Al decirle que era de San Antonio me llevó enseguida a la casa de Crispín: «es una página encantadora; es lo primero que leo del Mensajero. Tengo una especie de fijación al llegar el final de mes. Me gusta mucho toda la revista, pero como las “Cosicas de Crispín” no hay nada. Me encantan”.
Queremos conocerte, Víctor, ¿quién eres?
Soy Víctor Azagra Murillo, con 82 años a mis espaldas. Nacido al pie del Moncayo, en Tarazona, de la que dice su escudo: «Túbal y Caín me edificat. Hércules me reedificat». La ciudad del mudéjar, con sus valiosas y preciadas maravillas.
El servicio militar me hizo venir a Zaragoza. Aquí he vivido, en el barrio de la Sagrada Familia, cerca de los Capuchinos de San Antonio, hasta mi jubilación, que vine a orillas del mar, Albox (Almería).
Mi estancia en Zaragoza ha sido muy fecunda. He sido testigo de la crecida que ha tenido el barrio de Torrero. He tomado parte en la nueva iglesia de San Antonio, la de los italianos, terminada en 1946. Allí conocí y me codeé con personajes tan interesantes y célebres como el padre Benito, padre Cristóbal, fray Estanis y otros muchos, siempre modelos de virtud y de trabajo.
¿Y tus aficiones?
Yo he sido un autodidacta nato. La pluma nunca se me ha caído de los dedos. He escrito muchos artículos en periódicos de Aragón, Teruel y La Rioja. Pero sobre todo en el Heraldo de Aragón, durante diez años.
Los libros no se me han resistido: Cosas nuevas de la Zaragoza vieja (dos tomos); El Pilar, Aragón y América; Tarazona, barrio a barrio, y otros varios, por no ocupar demasiado sitio.
El teatro fue otra gran afición. No puedo olvidar los años pasados junto al gran maestro y director Dr. don Joaquín Merino, bella persona. Las comedias nos salían bordadas. Durante muchos años subí al escenario, mientras fuimos jóvenes Terciarios Franciscanos. Alegrábamos la vida a muchos jóvenes y mayores. Éramos la tele y la radio de aquellos tiempos inocentes.
Hemos llegado a «tu Crispín», el hombrecillo de la calle, de los hospitales y de todos los pueblas de España. ¿Cómo nació?
Yo creo que nació con mucho frío al pie del Moncayo. Ya vino dando pataletas en el vientre de su madre. Es en Navidad de 1983 cuando Crispín, con la jaula de gorriones para el Niño Dios da su grito existencial: «El tío Cañaza», «El infantico del Pilar», «Leyenda de la alpargata de fray Marianín», «San Antonio, el pobre, en Tarazona», «San Antonio el guindero», «Las cosicas de Crispín». Ya desde 1980 comenzó a hablar como los de su Tarazona querida y todos los pueblos del Moncayo. Desde esa fecha aparece con su cachirulo, su ancha faja, los remiendos del pantalón, sus alpargatas negras, y ¿por qué no?, un gato o un perrillo incordiador a su lado.
El buen Crispín tiene mucha vitalidad y, sobre todo, mucha inocente imaginación. Si lo hubiera conocido Gracián, el maestro jesuita de Calatayud, diría de él, con mucho orgullo aragonés, lo que dejó escrito en El Criticón: Crispín «es la ilusión de la gran sed» de tantos lectores sencillos.
Víctor, te queremos como el papá de Crispín. ¡Ánimo...!
Amado Musitu
Marzo de 2006
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